Quantcast
Confesiones de restaurante

Trabajé en un restaurante de mafiosos

Hablamos con un mesero que pasó el verano trabajando en un restaurante tan famoso por su clientela como por su comida.

PorAutor anónimotraducido por Elvira Rosales

Foto von George Alexander Ishida Newman via Flickr

Bienvenidos una vez más a Confesiones de Restaurante , donde hablamos con las voces no escuchadas de la industria restaurantera, tanto del servicio como de la cocina, acerca de lo que realmente ocurre detrás de escena en tus establecimientos favoritos.

Siempre llegaba temprano. Un día, era la única persona en todo el establecimiento a excepción del gerente, quien estaba en la oficina, y me pidió tranquilamente que saliera, esperara a que alguien me diera un paquete y se lo llevara a él.

Entonces, estoy afuera del restaurante, seguro de lo que estaba pasando y preguntándome "¿En verdad me van a entregar un paquete?" Me sentía como en Goodfellas. Al poco rato, un sobre grande —como de 10 cm de grosor— llegó a mis manos desde un auto lujoso, me lo tendió un tipo que ni siquiera me miró. Recuerdo haber pensado que podría haber sido secuestrado y haber terminado en México o algo. Se lo conté a mis compañeros en son de broma, pero ellos me dijeron, "¡Más bien estarías muerto, amigo!"

Trabajé ahí por cinco o seis meses, todo el verano. Literal, tuve que aprender un nuevo idioma, una mezcla de inglés e italiano. Nunca me dijeron explícitamente en la entrevista de trabajo, pero lo que allí ocurría era evidente y se sobreentendía. Siempre había algo por debajo del agua. Al principio pensé que solo era una broma, pero había chicos muy rudos en el personal que se hacían dóciles con ciertos clientes solo por lealtad. Era muy extraño.

Cuando esos tipos venían podían hacer lo que quisieran. Podían fumar adentro, realmente lo que quisieran. El sentimiento que reinaba era que ellos eran los dueños del restaurante. O sea, si querían lo podían hasta cerrar.

Y mientras, nosotros estábamos abajo sirviendo a estrellas de cine y políticos, la clientela regular. Pero arriba, sucedían cosas que sorprenderían a todos.

Recuerdo una fiesta privada, donde había muchas prostitutas y recibieron una carga en auto. Incluso creo haber visto a un hombre con revólver. Fue una comida privada, con diez tiempos y las prostitutas venían por el postre y honestamente por el dinero, sin ninguna vergüenza. Literal, se había convertido en un puterío.

Y mientras, nosotros estábamos abajo sirviendo a estrellas de cine y políticos, la clientela regular. Pero arriba, sucedían cosas que sorprenderían a todos. Y en la cocina estaban todos los meseros diciendo, "¡O sea, y todavía no entregan nuestros cheques!"

Algunas veces los cheques llegaban tarde y ellos solo decían, "Lo siento, todavía no están listos". Mientras que en otros lugares decir "los cheques nos están listos" es un gran problema, es casi provocar un motín. Pero en este restaurante nadie podía exigir, "¿Dónde está mi dinero?" En definitiva existían jerarquías. Y tantos trabajábamos al mismo tiempo, en verdad no tenían idea de tus horarios o cuentas. Ahí empezaron a juntaban las propinas mucho antes que otros, había mucho dinero que repartir.

"¡Hermano, lleva este café a la mesa 12 o voy a apuñalarte!"

He trabajado en todo tipo de establecimientos, desde restaurantes lujosos hasta hoteles y lugares familiares, pero nunca había visto esta clase de personas. Simplemente no era el tipo de comensales a la que estoy acostumbrado. Algunos te advertían, "No hables a menos de que te hablen", ni siquiera te miraban, aunque otros eran muy sociales. Pero sobre todo, la regla imperante era, "No me hables, no me mires".

Y muchos empleados admiraban a estos tipos, los idealizaban, era difícil tomarlos en serio. Literal, decían cosas como, "Oye, ¿te enteraste que mataron a este tipo?" y parecía un tono de broma. Yo quería responder, "¡No pueden estar hablando en serio!"

Entre más lo pienso, más me doy cuenta de que no había un ambiente normal en ese restaurante. Todo lo manejaban estos personajes. Los dueños y gerentes eran sociópatas hasta ser casi gracioso. Hablaban en tercera persona y se la pasaban amenazando con violentar a los demás. Pero admito que era más un estilo de hablar que una amenaza real. Decían, "¡Hermano, lleva este café a la mesa 12 o voy a apuñalarte!" Hubo un punto en el que tuve que preguntarme, "¿Dónde chingados estoy trabajando?"

Tendría que ser un contador forense para saber qué estaba ocurriendo ahí. No sabía si eran los dueños o los mafiosos solo pasaban ahí el rato. Pero solo son suposiciones mías.

Todos sabían que algo estaba pasando. Todos los que trabajábamos ahí lo sabíamos.

No estoy muy seguro de cuál era la relación financiera entre el restaurante y estos sujetos, pero en definitiva había facturas diferentes para ellos que para ti o para mí si quisiéramos una comida privada para 20 personas con DJ. ¡Quién sabe! Igual y hasta fue gratis para muchos de ellos.

Pero todos sabían que algo estaba pasando. Todos los que trabajábamos ahí sabíamos. Pero como yo era el único que no había crecido en ese ambiente, las cosas me parecían muy extrañas. Todos sabían que era un restaurante de la mafia. Solo te decían: "Oye, chico, ¿ya viste quién está en la mesa 3? ¡No tires un solo vaso ahí!"

Eventualmente me fui para conseguir un trabajo más normal, en un restaurante más pequeño. Era una gran restaurante y ganaban bien. Pero ¿cómo podía crecer ahí?